“Zona de confort” no es más que ese espacio o condición en la que nos encontramos cómodos, sin necesidad de asumir riesgos, de optar por nuevos retos, nuevos aprendizajes, mayores logros y mejores resultados. Es ese lugar al que nos confinamos por el miedo al fracaso, al que dirán, por amor a la realización del menor esfuerzo. Es la zona donde el status quo se mantiene inalterable, en fin, donde no es posible plantearnos siquiera la realización de nuestras metas más sencillas.
Pasa en las personas y con ellas, pasa también con las instituciones y organizaciones que conformamos; todos y todo tienen sus zonas de confort. A esta realidad se contrapone aquella que llamamos “zonas de riesgos o de aprendizajes”. Esa donde el esfuerzo se concentra en los desafíos, en la curiosidad por aprender o hacer algo nuevo, obtener resultados, descubrimientos novedosos para el bien propio y el de los demás.
Ejemplos de uno y otro fenómeno los tenemos por doquier. Valdría la pena analizar, sabiendo esto, cómo se manifiestan en nuestras vidas en la actualidad y cuál o cuáles son nuestras zonas de confort. En nuestras familias, con nuestras parejas, hijos, amigos, en el espacio de trabajo, en nuestra relación con el resto de la sociedad, en nuestras prácticas espirituales o religiosas.
Pensemos cuánto pierde una persona o deja de disfrutar por permanecer estacionado, paralizado, inmerso en su zona de confort. Posiblemente es ahí donde estemos parados ahora y por ello notamos o constatamos que nuestras vidas no avanzan o crecen, nuestras metas se hacen borrosas, distantes, nuestras relaciones se estancan. Queremos seguridad, adoramos el confort, sin embargo, estos se nos escapan como arena entre los dedos.
Me veo a mí mismo desde esta dimensión y me hago las preguntas anteriores. Me doy cuenta de que las quejas expresadas contra algo o alguien, pueden estar siendo verdaderas excusas para mantenerme en mi zona de confort, para no afrontar mis posibilidades de triunfar y pagar el precio que ello representa.
Hoy entonces, creo que dormiré más tranquilo. Puedo elegir que las circunstancias me dominen y encierren en mi zona de confort o sirvan mas bien para mantenerme alerta, creativo, provoquen en mí una respuesta proactiva y transformadora de mis circunstancias. La tela de araña puede atrapar elefantes, envolverlos, entretenerlos, desorientarlos o dormirlos. Puede servir de igual modo, para retar a los elefantes, provocar que jueguen y experimenten, obtengan lo mejor de ella con la voluntad y energía de la innovación. Esto así, aunque sólo sea una simple tela de araña.
El riesgo sumado a la diversión y disfrute del proceso es lo que dará como resultados el gozo profundo y auténtico. Nuestro compromiso primero es con nosotros mismos, lo que significa no volvernos momias en nuestras zonas de confort. Lo demás vendrá por añadidura. Creo que vale la pena.
Ernesto D